miércoles, 9 de febrero de 2011

Tentáculos fríos en la noche entoplasmática


Martita está jugando,
Todo el tiempo está jugando.
Las torres son árboles grises
Todo el tiempo está jugando.

No está perdida,
Pero piensa perderse
En el prado y entre los pastos
Y abre su pecho al sol,
Y abre su pecho al sol
abre su pecho al sol
Las torres son árboles grises
Todo el tiempo está jugando.

Amazona Gore



El calor y
la humedad viven
constantemente en suspensión
dentro de mi trinchera atómica.
Desde esta cueva controlo
los volúmenes de tu voluntad,
tengo los artefactos
para regularte.
Llevo un tempo que
no respeta metrónomo,
que fluctúa
como la carne.

Me gusta cuando
nos enredamos
con esos cordones viscerales:
Incontables metros
de un cableado intestinal
rojo y pegajoso.
Mientras te lagrimean los ojos,
me acerco hasta tu nuca
y te muerdo, te quiero
hacer un agujero.
Si te interesa,
podemos arrancarnos pedazos,
desmembrarnos hasta el alma.
Yo puedo ser tu Hércules y tu salvador.
Vos podés ser mi guerrera predilecta,
o mejor aún,
mi única guerrera,
mi valquiria eléctrica,

mi amazona gore.

jueves, 23 de diciembre de 2010

El espacio plasmático

Secabas tu cuerpo al sol
mientras hablábamos del fuego,
de sus propiedades higiénicas,
de cómo limpia la carne;
Hasta los huesos.
Me agarraste la mano,
sentí tu miedo, y te expliqué
que yo era tu exorcista.
Que, como una empleada gorda y fuerte,
te iba a fregar el alma
contra mi tabla de lavar
hasta sacarle todos los espíritus;
Todas las manchas del pasado.

Me sonreíste.

Al otro día me desperté
y moría por tabaco. Estábamos tan lejos.
Todo el tiempo sentía ese vacío
que traía la llovizna de verano.
Poseídos estuvimos horas
corriendo entre los cilindros de trigo,
entre el paisaje extraterrestre.
Encontramos nuevos nombres
en una zanja de barro
y me enseñaste a pronunciar el mío,
hoy siento que no vale la pena
el esfuerzo de articularlo.

Justo ahora debés estar sonriendo.

A la noche ya habías mutado en algo anónimo,
más reanimada que nunca,
te encariñabas con los extraños,
hablabas con las brujas del bar
y te entregabas, lentamente, a la oscuridad.
No es que no lo hubiésemos hecho antes,
pero esta vez yo estaba fuera
de tu halo plasmático.

Te sonreías.

Esa siesta caminé doce kilómetros por el desierto
y pensé en el fuego todo el camino;
en la combustión curativa,
en sus propiedades higiénicas,
en la manera como limpia la carne;

la carne putrefacta.

jueves, 28 de octubre de 2010

martes, 27 de julio de 2010

Canción para el Gaucho asesino (III parte)

III


Si pudiera
despegarse el exoesqueleto,
si pudiera

-mi dalía blanca,
mi experimento-

desprender su eterna armadura de hormigas,
si pudiera.


Hablar de mi esencia,
es hablar de luz;

yo creo de donde
antes no había nada,
cosecho espinas en un monte fluorescente,
levanto ciudades desde el desierto
y vuelvo eterna las cosas.
Soy un dínamo de vida.

Cerca mío,
Las cosas parecen gravitar,
encuentran su sendero natural,
el rumbo, la mística.

En mí
concluyen las estrellas.
Hasta mí llegan sus mensajes
en ondas eléctricas,
con pulsaciones en clave morse.

Yo soy su representante
en este mundo,
su traductor,
su artísta de moda.

Soy el manierista
que arrastra su obra de arte
por el campo de trigo,

aquel que conduce este suave
torso acéfalo

tarde

a la madrugada.

sábado, 29 de mayo de 2010

Canción para el Gaucho asesino.

I


Arrastó todo,
todo su cuerpo,
su cuerpo de barro,
de barro mugriento
por el pasillo.

Hasta los silos temblaron
en los campos eléctricos.
Nunca se acostumbra uno a la estática
cuando se detiene el tiempo.

Los cielos bordeaux
acontecían en el monte
mientras marcaba un sendero
con la carne muerta
de la ingrata.

Aún sin las botas,
las espinas del yuyal
no le mordían los pies.
Un halo de fe
espantaba todo,
hasta los lobos.

El soberbio poder
lo había tocado,
y no al revés,
como puede llegar a ocurrir,
el no había buscado nada.

No esta vez,
no en esta tormenta.

A su espíritu
se lo marcaron
a brocha gorda.
Un sediento gualicho
de luz negra.
Una bruja mulata
lo señaló en una feria
y el invitó solito
a los diablos
a que habitaran su caparazón,

como si fuese
casadenadie.







II



A veces,
son los vecinos
los que me despiertan.
a leguas, y leguas
con sus zambas frenéticas.
A veces soy yo no más,
y tengo que abandonar la cama,
preparar unos mates
o destapar la caña,
y sentarme con los perros.
Que le ladran a la oscuridad,
que le ladran a los bichos,
a los grillos gigantes que cuidan
las fronteras de mi rancho,

No vaya a ser que algún tipo
de espíritu blanco se me meta
y me ponga bueno.
No vaya a ser que la mañana
me despierte algo nuevo,

como la culpa.

domingo, 14 de febrero de 2010