Secabas tu cuerpo al sol
mientras hablábamos del fuego,
de sus propiedades higiénicas,
de cómo limpia la carne;
Hasta los huesos.
Me agarraste la mano,
sentí tu miedo, y te expliqué
que yo era tu exorcista.
Que, como una empleada gorda y fuerte,
te iba a fregar el alma
contra mi tabla de lavar
hasta sacarle todos los espíritus;
Todas las manchas del pasado.
Me sonreíste.Al otro día me desperté
y moría por tabaco. Estábamos tan lejos.
Todo el tiempo sentía ese vacío
que traía la llovizna de verano.
Poseídos estuvimos horas
corriendo entre los cilindros de trigo,
entre el paisaje extraterrestre.
Encontramos nuevos nombres
en una zanja de barro
y me enseñaste a pronunciar el mío,
hoy siento que no vale la pena
el esfuerzo de articularlo.
Justo ahora debés estar sonriendo.A la noche ya habías mutado en algo anónimo,
más reanimada que nunca,
te encariñabas con los extraños,
hablabas con las brujas del bar
y te entregabas, lentamente, a la oscuridad.
No es que no lo hubiésemos hecho antes,
pero esta vez yo estaba fuera
de tu halo plasmático.
Te sonreías.Esa siesta caminé doce kilómetros por el desierto
y pensé en el fuego todo el camino;
en la combustión curativa,
en sus propiedades higiénicas,
en la manera como limpia la carne;
la carne putrefacta.